La cuarta… razón para no votar- Alex Darío Rivera M.*
Siempre había tenido la certeza de que los hondureños y las hondureñas padecíamos de amnesia crónica, una enfermedad que por los altos niveles de incidencia, era de considerarse una pandemia nacional. Era tan severo el padecimiento, que la realidad objetiva del día a día a pesar de que ponía (aún lo hace) en evidencia las artimañas de los políticos tradicionales caracterizadas por la corrupción, el fraude, la demagogia, su vinculación al crimen organizado, el monopolio político, el abuso de poder, el enriquecimiento ilícito, el soslayo de los intereses colectivos, la violación a los derechos humanos fundamentales como la vida, la educación, la salud, la alimentación y la vivienda, continuábamos validando el sistema político que nos había hecho creer que la democracia representativa, era el modelo ideal para la búsqueda del bien común, pese al desconsuelo de que los hechos de la cotidianeidad, nos ponía en relieve un sistema capitalista injusto donde prevalecían (prevalecen) los intereses de unos pocos. Las labias politiqueras continuaban (todavía siguen siendo, para algunos) siendo bien recibidas por los correligionarios del bipartidismo, quienes en cada asamblea, concentración o caravana hacían (aún lo hacen, algunos otros) flamear orgullosos las banderas de la estrella solitaria y las franjas rojo, blanco, rojo y, ante las tonadillas de la historia de los liberales y la de Callejas en los alto parlantes, rodaban conmovedoras lágrimas en remembranza a los abuelos y abuelas de quienes habían heredado esa tradición intergeneracional. Botar con votar, eran sinónimos en el lenguaje político de nuestros paisanos (todavía en el de algunos, cada vez menos), un ejercicio que se desarrollaba como un simple hábito cada cuatro años, una usanza que revertir –creía yo-, nos llevaría algunas generaciones más. Esa era mi percepción, un tanto pesimista y desesperanzadora por lo que la realidad misma me mostraba, seguíamos yendo como vacas al destazadero a validar un sistema político a todas luces productor de injusticia, exclusión, pobreza, miseria y abandono, donde a los seres humanos se nos negaba (niega) hasta lo más inherente de nuestra condición: la dignidad. Esa consternación se vio modificada cuando me encontré con una estadística reveladora, en las elecciones del año 2005, el porcentaje de abstencionismo fue del 44.62%, esta cifra histórica era socializada por la clase política con preocupación, pero yo la recibí con un profundo regocijo, estábamos paulatinamente superando el adormecimiento, la amnesia comenzaba a ceder ante las groseras circunstancias sociales, económicas y políticas. Esa cantidad de paisanos y paisanas que no quisieron participar en ese proceso mostraban su rebeldía, su inconformidad con el sistema, la no validación a los vicios políticos partidistas, por tanto, el descontento popular era más que significativo. Partiendo de esa lectura y de todas las groserías suscitadas a partir del 28 de junio, tengo la convicción de que en este proceso electoral del mes de noviembre, montado sobre la estructura de un gobierno de facto que arrastra todo tipo de delitos desde traición a la patria, secuestros, asesinatos, violaciones sexuales y a los derechos constitucionales, ese porcentaje de abstencionismo superará el 60%, lo que a todas luces significa que el gobierno que surja del mismo, carecerá de legitimidad, puesto que esa característica, solo la otorga el soberano, el pueblo, por mucho que pretendan inflar y maquillar –como lo harán- la población electorera. A raíz de lo anteriormente enunciado, creo que existen cuatro razones fundamentales para no participar en este proceso electoral promovido por la oligarquía económica, política, religiosa y militar que mediante el obsceno golpe de Estado defenestró de la presidencia a Manuel Zelaya Rosales conteniendo –no eliminando- el proyecto de evolución democrática que surgió en el seno popular, y que ahora nos ofertan como espejos, un proceso de elecciones como solución a toda nuestra problemática. 1- En una objetiva encuesta por parte de una organización de mucha credibilidad, se informó que el 80% de la población hondureña confirma que lo ocurrido el 28 de junio en contra del Presidente Zelaya fue un golpe de Estado, admitir eso, significa considerar que ese grupo de poder vulneró la legitimidad institucional establecida en el Estado hondureño, es decir, las normas de sucesión en el poder vigentes con anterioridad, muy a pesar de la verborrea de “sucesión constitucional” que continúan alegando los hechores del golpe de Estado, sin tan siquiera existir ese término, en nuestra Constitución de la República. Aceptar lo anterior, es ampararnos en el artículo tres de nuestra Constitución de la República que enuncia: “Nadie debe obediencia a un gobierno usurpador ni a quienes asuman funciones o empleos públicos por la fuerza de las armas o usando medios o procedimientos que quebranten o desconozcan lo que la constitución y las leyes establecen. Los actos verificados por tales autoridades son nulos. El pueblo tiene derecho a recurrir a la insurrección en defensa del orden constitucional.” En este sentido, no convenimos participar en el proceso de elecciones porque no debemos obediencia a un gobierno usurpador que quebrantó la Constitución y las demás leyes para defender los intereses de los grupos oligárquicos, esto más, el artículo sentencia que “los actos verificados por tales autoridades son nulos”, en este aspecto apelo a la coherencia, no podemos por un lado asegurar que fue un golpe de Estado y por el otro, validar lo que el gobierno de facto promueve, no vale la doble moral. Desde otra óptica, si nosotros legitimamos las elecciones participando, la comunidad internacional lo hará bajo esta lectura: si “lo hizo el pueblo, porque no nosotros”, y esa, es otra pretensión de los golpistas, reconocimiento del proceso -su método- por parte de los demás países del hemisferio que ahora lo repudian. 2- No debemos olvidar –otra vez espantando un síntoma de amnesia-, que los grupos de poder que ahora están convocando a elecciones (empresa privada, jerarquías religiosas, medios de comunicación, militares, Congreso Nacional, Poder Judicial, Tribunal Electoral, Partidos Políticos Tradicionales (Liberales, Nacionalistas, Pinuistas y Demócratas Cristianos), entre muchos otros, sin olvidar que detrás, están los políticos de Washington), todos ellos, son los autores intelectuales y materiales del golpe de Estado, por tanto, los enemigos de la aspiración colectiva de un nuevo modelo de democracia más justo y equitativo, porque fue justamente a eso que le tuvieron fobia convirtiéndose en el factor que les motivó a propinarlo, por lo que si participamos en las elecciones debemos decir adiós a la iniciativa popular de la Asamblea Nacional Constituyente, éste no es un tema de interés de ninguno de los cuatro candidatos a la Presidencia. En otras palabras, si estamos en desacuerdo con la crisis social, económica y política que estos grupos de poder nos han venido heredando desde hace muchos años, ir a elecciones sería ratificarlos en el poder y afirmarles a ellos que la pobreza, la delincuencia, la corrupción, la desnutrición, el analfabetismo, el hambre, el desempleo, la migración y todo el cuadro de dolor que la realidad nos pinta en la cara cada mañana que abrimos los ojos en la hondura de esta Honduras, no existe y, que éste es un paraíso en el que todos y todas estamos contentos y contentas. 3- Siempre el que paga la factura de los platos rotos, es el mismo, adivinó: el pueblo. En nuestro país la incidencia de delitos ha sido una de las más altas de América Latina, pero en el caso particular, en el marco del golpe de Estado a partir del 28 de junio, en Honduras se cometieron delitos por parte de los supuestos organismos que deben combatirlo y prevenirlo (Policía, Comisionado de los Derechos Humanos, Corte Suprema de Justicia, Ejército y el “Estado” en general) que esperamos que ni la amnesia ni la amnistía echen al olvido y menos al perdón. Se asesinan compatriotas, violan sexualmente a paisanas que participan en la resistencia, torturan, golpean, disparan y aplican gases lacrimógenos a los que resisten olvidando que nadie debe ser sometido a penas o tratos crueles o degradantes (no se respeta la integridad física, síquica y moral), se prohibió hablar, escribir y publicar todo aquello que la censura no aprobara, se limitó la locomoción (estados de sitios y toques de queda), se negó el derecho a reunirse y manifestarse, clausuraron medios de comunicación que denunciaron los atropellos, la lista de transgresiones es más amplia, pero la pregunta continúa siendo: ¿Quién pagará la factura?. De participar en el proceso de elecciones el pueblo, la respuesta es simple: la factura, la pagará el pueblo. El proverbio popular dice claramente: “Nadie se da con la piedra en los dientes”, por lo que claramente se lee: si los culpables de estas atrocidades cometidas a nuestro pueblo, son los mismos que ahora convocan a elecciones con toda la maquinaria propagandística y fraudulenta, participar en ellas, significa que les estamos perdonando y por lo consiguiente olvidando sus fechorías, diciéndoles que no son ellos los culpables de los asesinatos de nuestros mártires, que pueden seguir violando nuestras mujeres en las marchas, que está justificada la fuerza del garrote para someter al pueblo, que no nos importa que suspendan nuestros derechos constitucionales, pero no solo eso, les estamos certificando el permiso a estos grupos de poder para que ejecuten este modelo de golpe de Estado siempre que vean amenazados sus intereses mezquinos, sin olvidar, que también le daremos la razón a los cuarteles, los militares volvieron al circo, ahora con una maquinaria de matar e intimidar mucho más efectiva técnicamente gracias al apoyo de los Estados Unidos de Norteamérica. Si nos incorporamos en el proceso eleccionario, les daremos la oportunidad que laven las manchas de sangre de sus “finas vestiduras”, la amnistía está a la vuelta de la esquina; “borrón y cuenta nueva”, piensan ellos, hasta el mismo religioso Evelio Reyes lo dijo en una declaración a Radio Progreso: “No lloremos sobre la leche (¿sangre?) derramada, todavía tenemos la vaca (¿Estado?)”. 4- Detrás de todos los golpes de Estado en América Latina, se han evidenciado los hilos de Washington y su política intervencionista siempre en función de sus intereses capitalistas y utilitarios. Dicha política ha estado dirigida a desunir, a desvincular a los países pobres de esta otra América que se extiende desde el sur del río Bravo hasta la Patagonia (incluyendo la América Insular) con el propósito de aprovechar sus recursos naturales y fortalecer su voraz economía y altos niveles de consumismo. Hasta bien entrado el siglo XX, América Latina era un archipiélago de países (E. Galeano), habíamos establecido convenios comerciales con Estados Unidos, Francia, Alemania e Inglaterra, pero no con nuestros modestos vecinos, que más que vecinos somos hermanos, puesto que compartimos no solo una historia afín, sino un embrión genético y cultural común. Nos han entrenado para el desamor, cumpliendo aquel viejo enunciado maquiavélico de “divide y gobierna”, tan útil señalar ahora que vemos las posturas de países como Colombia, Panamá y Canadá en contra de estas alianzas solidarias encabezadas –ahora- por países hermanos como Cuba, Venezuela, Ecuador, Bolivia y otros, entre los cuales aún podemos mencionar el nombre de Honduras. Estamos acostumbrados al patrón del norte, a que él nos señale el camino, una senda que pese a toda la riqueza de nuestra América Latina (Cultura, Minas, Petróleo, Agua, Bosque, Mares, etc. etc.) seguimos transitando con el sufrimiento de una desgarradora pobreza como consecuencia de haber asumido convertirnos en el más grande proveedor de materias primas y vidas humanas a la economía de los países “desarrollados”. Estos “nuevos vientos” de libertad que ahora soplan en nuestra América Latina, ha preocupado al imperio a tal punto que ha comenzado a promover su vieja táctica de golpes de Estado para posteriormente implementarlos –dependiendo del éxito de éste- en otros países de la “sub-América”, con ello también se han incomodado todas las oligarquías conservadoras serviles que aún habitan nuestras tierras y que piensan como los amos del norte, porque como amos, han sometido a la mayoría de sus paisanos a una pobreza tan severa, que nos ha obligado a buscar construir otros sueños, en un modelo que piense en los marginados, en los excluidos, en los sin voz, pero ese sueño, será cada vez más difícil de alcanzar, si le continuamos otorgando el privilegio de gobernarnos a esta oligarquía hondureña que ahora nos invita a enjuagar nuestra condena, ejerciendo el sufragio. Al fin y al cabo, para ellos, eso significa –exclusivamente- ser ciudadano, pero no así para un grupo de hondureños y hondureñas que resistimos con la certeza que algún día, nuestra querida Patria, dejará de continuar haciendo honor a su nombre. *Alex Darío Rivera M: Educador, Promotor Cultural santabarbarense, Licenciado en Ciencias Sociales por la Universidad Pedagógica Nacional “Francisco Morazán”, autor del libro de poesía Introspecciones Extintas
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Por lobogabriel - 14 de Noviembre, 2009, 7:53, Categoría: periodico
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